Yo no quiero hablar de ti, no quiero hablar de ti, no quiero hablar de ti.

jueves, 14 de febrero de 2013

Juego.

Cuatro horas diferentes en mi vida.
Ocho latidos de corazón.
Dos horas y media de una secuencia de acción.
Cálidos abrazos, delicadas caricias, divertidos juegos de manos, risas sencillas, miradas tímidas y calladas, golpes juguetones.
Una de las personas liderando el juego, trazando las reglas, moviendo las situaciones, decidiendo que hacer. La otra persona acatando cada una de las cosas, dejándose llevar por los momentos y las circunstancias. Nadie le advirtió que involucrar los latidos de su corazón le iban a costar un poco más que solo cuatro horas. Para el creador de esto no era mas que un inocente juego, nadie saldría lastimado o herido pero debió pensarlo al menos dos veces, aun así lava sus manos de culpa alguna, habla con calma y se muestra distante y tranquilo, muestra esa sonrisa brillante, tan brillante que causa lagrimas en los ojos de la otra persona quien cae de rodillas sobre sus ilusiones. No hay manera de volver atrás  un pequeño juego, algunas pequeñas palabras, algunas muestras de interés cambiaron todo lo que pensaba.
El primer jugador se va, como si nada, como si todo, al mirar atrás aun sigue con su tonta sonrisa para quedar bien.
Eras un experto en pedir perdón y mantener cada juego borroso y aun así huir de las situaciones sin hacerte cargo de las lagrimas rotas, de la mirada apagada, forzando cada vez mas todo. Volviendo a tratar con tu maniático y egoísta juego una y otra vez más.
El segundo jugador se levanta del suelo, no entiende como luego de tanto sea tan nada, ya no hay reglas, ya no hay juego, esto se acabo.

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