La libertad de saltar de este acantilado sin miedo a que la gravedad me haga golpear tan fuerte el suelo que pueda partirme en millones de pedazos. Mientras caigo pensarte, pensarte de la manera que yo quiero hacerlo, pensarte con todas tus frases, con todas tus caras, con todas tus maneras de sonreír y de parpadear, pensar en cada una de las pequeñas cosas que hacías y no te dabas cuenta lograban que me enamoraba cada vez mas de ti, aunque no quisiera.
Era una caída libre, un juego del destino, una felicidad cargada de adrenalina que hacia que todo mi cuerpo se inyectara de lo que eres tu, solo tu, todo tu aroma, toda tu esencia, todas tus caricias.
Soy libre de dejarme encantar por ti, enamorada de saber que respirabas para hacerme feliz con eso. Libre de poder sentirte cerca, aferrarme a tus manos, escuchar tu curiosa forma de decir palabras y hacer que riera, riera y con solo pensarte sonreír.
Eras tu una forma perfecta de alegría y tristeza, de sinceridad y misterio, de amor y odio, de caricias y desprecio, eras el eco en mi interior y lo que llenaba mi alma. Encajabas ahí en mi corazón.
Y caía, y continuaba cayendo con el viento en la cara que me hacia sentir más débil que nunca, más ligera, más flexible, más vulnerable.
El acantilado llevaba tu nombre y la caída era tu amor, inestable, inesperado, con un duro final.
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